Ciencias de la Vida, Mujer y ciencia

Barbara McClintock, genetista

Cuando era pequeña, en casa tuvimos algún que otro apuro económico. Yo aportaba lo que podía, que era destacar en los estudios para recibir una beca y no ser una carga más para la economía familiar. Según crecía era más evidente mi inclinación hacia las ciencias y me apunté a la Universidad Cornell, a pesar de la oposición de mi madre, que creía que eso de tener un título superior me pondría más difícil lo de encontrar marido. Ya ves tú qué problema, desde pequeña he sido muy independiente y algo solitaria, y me he apañado siempre bien yo sola.

Me matriculé en Botánica y, cuando llegué a la asignatura de ‘Genética I’, descubrí lo que quería hacer el resto de mi vida, primero como estudiante y después como profesora e investigadora. Me dediqué en cuerpo y alma al estudio genético del maíz, describiendo sus cromosomas, sus procesos biológicos, desarrollando nuevas técnicas de trabajo y sacando numerosas conclusiones.

Los científicos, como los deportistas, también podemos ‘cambiar de equipo’ y en mi caso no estaba contenta con mi situación laboral y fiché por la Universidad de Misuri, también trabajé en el Instituto de Tecnología de California y en el  laboratorio de Cold Spring Harbor, en Nueva York, donde desarrollé el resto de mi vida profesional.

Allí fue donde descubrí que algunos de los elementos genéticos que había observado en mis estudios del maíz podían cambiar de posición en los cromosomas para activar o desactivar otros genes. ¡Eran saltarines! 

Mi trabajo resultó complejo de entender y demasiado novedoso para mis colegas, que lo recibieron con mucha desconfianza o directamente lo ignoraron. Sin amedrentarme por esa falta de apoyos yo seguí a lo mío, pero ya sin intentar convencer a nadie ni publicar mis resultados. Allá cada cual.

Años más tarde un par de genetistas franceses publicaron un artículo que a todo el mundo le pareció fantástico, increíble, estupendo. Resulta que ese artículo llegaba a las mismas conclusiones a las que había llegado yo hacía años… “vaya, parece que Bárbara tenía razón…”.  Después de aquello se rescató mi labor, mis resultados, mis pruebas y comenzaron a llegar reconocimientos, honores y distinciones, entre ellos el Premio Nobel de Medicina en 1983, que me fue concedido a mí sola, sin compartir con nadie, y eso en los Nobel es bastante raro.
 

Deja un comentario