Ciencias de la Vida, Tierra y Espacio

Grandes perdedores

La extinción de los dinosaurios, el caso siempre abierto

Según una nueva teoría los insectos están implicados. Transmitieron enfermedades y transformaron la vegetación tanto, que los reptiles herbívoros no lograron adaptarse. Mientras, un gran meteorito continúa siendo el principal sospechoso. Nuevas pruebas refuerzan la teoría más popular, la del cambio climático global debido al impacto de este intruso. No se descarta, sin embargo, la acción conjunta de un número de cómplices que va en aumento.

El último testigo interrogado arroja nuevas luces color ámbar. Su historia se remonta al momento en que un árbol herido, emanando lentamente sus resinas, arrolló con ellas a un insecto sorprendido. Lo engulló con parsimonia, atrapándolo en sus entrañas. Lo sacrificó por accidente ante un mundo dominado por gigantes. Era la época del Cretácico, el reinado de los dinosaurios pronto llegaría a su fin. Este pasajero del tiempo es hoy un regalo tan precioso como la piedra que lo envuelve.

Y es que guardaba el testigo en sus intestinos un secreto, un patógeno causante de un mal cuyos síntomas se manifiestan desde úlceras cutáneas, que cicatrizan de modo espontáneo, hasta formas fatales de inflamación del hígado y del bazo. Esta enfermedad, conocida como leishmaniasis, va degenerando al animal infectado sometiéndole a muchos sufrimientos.

“No podemos decir con certeza que los insectos fueron los culpables, pero creemos que influyeron con una fuerza extremadamente significativa en el declive de los dinosaurios”, afirman los que han desvelado tan callado secreto. Se trata de los entomólogos George y Roberta Poinar, de la Universidad del Estado de Oregón. Los Poinar han encontrado en otro artrópodo organismos responsables de la malaria que hoy infecta aves, lagartos y lagartijas. Analizaron también heces fosilizadas de dinosaurios, descubriendo microbios parasitarios transportados por insectos. Las víctimas de sus picaduras pudieron sufrir disentería y otros trastornos intestinales.

George PoinarPlagas invasivas y hambrunas

Hablan los científicos de un clima cálido, tropical en muchas áreas, durante el Cretácico Tardío. Un planeta plagado de insectos portadores de leishmaniasis, malaria, parásitos intestinales, arbovirus, y otros patógenos. Constantes epidemias acabando lentamente con las poblaciones de dinosaurios. Garrapatas, ácaros, piojos y moscas atormentando y debilitando a criaturas de colosales dimensiones.

Tras millones de años de evolución, mamíferos, aves y reptiles han desarrollado cierta resistencia a estas enfermedades. Pero si en el Cretácico eran nuevas, invasivas, los vertebrados tendrían poca o ninguna inmunidad frente a ellas. Se imaginan pues brotes masivos provocando muertes y extinciones localizadas.

Por si esto fuera poco, se sopecha además que hambrunas sin piedad les asediaron. Acostumbrados a helechos, cicadas, gingkos y otros gimnospermos, no pudieron adaptarse al cambio de dieta que los más pequeños les prepararon. Con sus humildes tareas de polinización se hicieron poco a poco con el control de las semillas. Enigmáticas plantas en flor comenzaron a invadir el paisaje. Ya no encontraban los más grandes sus tan familiares alimentos, tomando quizás por malo lo nuevo.

Un cambio climático global, debido al impacto de un meteorito, no les parece a los Poinar razón suficiente. No mostrándose partidarios de la teoría más popular, afirman que “los eventos geológicos y catastróficos, aunque desempeñaron su papel, no explican por sí mismos un proceso que duró en realidad mucho tiempo, quizás millones de años”. Insectos y enfermedades sí podrían explicarlo, sostienen ¿Es ésta la estocada final que los dinosaurios no lograron vencer?

El cráter Chicxulub

Si una angosta espada les hizo agonizar con lentitud, ¿qué fue de aquel meteorito que dejó su huella en las proximidades de la península del Yucatán? Continúa siendo el principal sospechoso y, según estudios recientes, se le imputan culpas aún mayores.

Al suroeste de Cuba, en las costas de México, yace sumergido y enterrado el cráter Chicxulub. Sus dimensiones, unos 200 km de diámetro, parecen ser el resultado del impacto de un meteorito de unos 10 km que se desplomó sobre la Tierra a la vertiginosa velocidad de 72.000 km/h. No lo encontraron hasta finales del año 1990 y desde entonces se le considera el mejor candidato.

Pearson Prentice HallLa mayoría de los científicos ven al cráter Chicxulub como al silencioso testigo de una catástrofe que ocurrió hace unos 65 millones de años. Esta teoría, polémica en los años ochenta y popular desde hace casi dos décadas, se reafirma hoy con nuevas evidencias. Un equipo de geofísicos de la Universidad de Texas han desvelado, con estudios sísmicos, que la cicatriz del impacto es mucho más profunda de lo estimado hasta el momento.

“Pudo emitirse a la atmósfera unas 6,5 veces más de vapor de agua”, afirma Sean Gulick, el investigador líder. Añadiendo que “esto supone una alteración del clima aún más drástica de lo pensado y mayores posibilidades de generación de lluvia ácida”. En una danza frenética, alimentada por el calor generado en tan tremendo impacto, nitrógeno y oxígeno se combinarían con vapor de agua formado ácido nítrico. La lluvia ácida, actuando en mar y tierra, no dejaría siquiera rastros fósiles en una capa de tres metros de roca. Los huesos de muchos de aquellos grandes perdedores se desvanecieron en el registro geológico.

Historias de un debate

Se desvanecieron también las disputas de antaño. Tan ácidos como aquella lluvia fueron los debates de las últimas décadas. De tal calibre era la falta de entendimiento entre partidarios de distintas hipótesis, que se convirtió el conflicto en objeto de estudio para otras disciplinas. ¿Cómo se evolucionó desde una hipótesis a una avalancha de teorías?, se preguntan historiadores, filósofos y sociólogos.

Se habla del impacto de un gran meteorito, o varios, y de erupciones volcánicas a escala de cataclismo. Otras teorías más provocativas apuestan por eventos cíclicos cada 26 millones de años. Se está estudiando la posible relación de estos ciclos con las inversiones del campo magnético terrestre. Unos creen en extinciones repentinas, catastróficas, otros en procesos graduales.

El caso de las extinciones masivas, abierto en 1980 por el equipo de Walter Álvarez, continúa evolucionando paso a paso. Algunos estudios, como el de Gulick, avivan teorías ya clásicas. Otras pistas, como las de Poinar, añaden nuevos cómplices al listado de sospechosos. Quedan lejos, no obstante, aquellos tiempos de desencuentros. Los científicos intentan escucharse, se necesitan unos a otros. En la búsqueda de explicaciones para tan dramáticos eventos, se apuesta cada vez más por una confluencia de infortunios.

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